Como jugar con nuestros hijos
Lunes, 18 Agosto 
Jugar con niños entre dos y seis años es un reto al que muchos adultos no saben enfrentarse. Ya no son los bebés a los que cualquier carantoña les hacía felices, ni tampoco chavales que ansíen entrar en nuestro mundo de adultos. ¿Cómo introducirnos en su mundo de fantasía, donde impera una lógica aplastante, pero tan radicalmente distinta a la nuestra?
La respuesta es tan sencilla como ésta: volviendo a ser niños. Sólo -si hacemos un esfuerzo de abstracción, y nos ponemos en el lugar de nuestro hijo podremos entender que ese mundo imaginario, tan sorprendente y creativo, es el más real para el niño… y que también nosotros estamos llamados a introducirnos en él.
Durante los primeros meses de vida resulta muy fácil divertir y hacer disfrutar al bebé con cualquier carantoña o voltereta que surja por nuestra propia iniciativa. Basta guiñarles para que se sientan objeto de atención, y se sientan felices. Durante este periodo, lo habitual es que ningún adulto tenga problemas para entretener durante horas al niño, porque aún puede dirigir su juego. El niño aún no tiene autonomía para hacer nada, y se deja llevar y traer, fijando su atención alternativamente en lo que le rodea. Todo le interesa y, por lo tanto, cualquier demostración de interés o cariño por nuestra parte es bien recibida.
Más tarde, a partir de seis u ocho años, cuando ya tiene uso de razón y podemos tratarle como a un pequeño adulto, también nos resulta relativamente fácil jugar con él, compitiendo en una partida de damas, solicitando su colaboración para hacer una tarta o llevándonoslo al fútbol. La razón de este acercamiento, sin embargo, no radica en el esfuerzo de los padres, sino en la madurez de los hijos, que comienzan a entrar en el complejo mundo de los adultos y toman ya partido en sus intereses: los niños hablan de marcas de coches, las niñas de modas, etc. Son ellos quienes están entrando en la realidad de los adultos y, aunque necesiten de nuestra ayuda para ello, el esfuerzo es más suyo que nuestro.
Sin embargo, entre dos y seis años… no resulta tan sencillo jugar con ellos. Durante esta etapa de su desarrollo, el niño necesita jugar, como medio de expresión, aprendizaje y desarrollo. El juego es algo muy serio para él, es la vía para canalizar sus dudas, sus preocupaciones, su curiosidad… y, por lo tanto, puede tomar los derroteros más insospechados. Tan pronto le encontraremos sumido en las cavilaciones de un ladrón “bueno”, como haciendo que la muñeca entre en la casita volando por la ventana… ¿Qué le hará pensar que las cosas son “así”?
En realidad, su mundo es distinto del de los adultos, porque las posibilidades que le brinda la imaginación son mucho más creativas e inesperadas que las que ofrece la realidad de cada día. Pero aún queda un rasgo esencialmente característico del juego de nuestros hijos: su interés por todo lo que les rodea, que se refleja en el juego y que les impulsa a construir una realidad más “lógica”, también les impulsa a invitarnos a compartirla con él.
